La Casa Cerrada

Por Marcela Serrano, escritora.

La casa está cerrada. Lo único inalterado es su estructura y su vista abismante, sobre el cerro, alzándose sobre la ciudad como un manto protector. Pero no se le protege a ella. Valparaíso la ha abandonado enredado en imposibles burocracias y allí permanece, sola, inútil, como la cáscara de un fruto vacío. Si pasáramos una mano por sus muros internos sentiríamos la humedad, aquella invisible maraña que solo se instala en el silencio y el desuso, cuando ni una voz le habla ni la corteja. Y el polvo sobre los muebles no alcanza a ocultar sus nobles orígenes, el cuidado con que algún artesano concedió a cada diseño, las maderas que se niegan a sucumbir.

Cómo no imaginar la enorme energía con que esa casa se construyó, las vibraciones que un relojero escocés depositó en ella transformando un castillo en ruinas en el primer espacio de astronomía de un país que no era el suyo. Qué vigor trajeron aquellas sangres extranjeras a esta tierra recién independizada, aportando imaginación, novedad, dineros propios, para terminar olvidados y despintados de nuestros muros. Qué tristeza y desconcierto se asomarían a los ojos de Juan Mouat al comprobar que al pasar de los años ya nadie usaría sus telescopios y que las estrellas se instalarían cada noche sin ser observadas.
Una casa cerrada no honra a nadie. Ni a su historia ni a su presente. Cómo agradecerá esa casa a los que hoy se han detenido, mirado y comenzado a actuar. Cómo les dará la bienvenida, a ellos y a toda su nueva energía.